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ÍNDICE:
PRÓLOGO....................................................................... 9
1.
LA PIEL COMO ENVOLTURA..................................................... 17
2.
FUNCIONES PSÍQUICAS DE LA PIEL............................................. 49
3.
LA IMAGEN DEL CUERPO....................................................... 85
4.
MANIFESTACIONES AFECTIVAS DE LA PIEL.......................................129
5.
LA PIEL EN EL DOLOR Y EN EL SUFRIMIENTO....................................173
6.
LA PROHIBICIÓN DEL TOCAR...................................................209
7.
LA MEMORIA TÁCTIL..........................................................255
BIBLIOGRAFÍA..................................................................267
COMENTARIOS:
La piel que nos envuelve es la vía más profunda
y directa de intercambio personal. Placeres y dolores arrancan
y se expresan a su través.
Nuestra piel es espejo para los demás y delatora de nuestros
estados afectivos. La prohibición del <tocar> refleja
el temor ancestral a los contactos corporales. Tocar y que nos
toquen puede ser fuente del más hondo placer o de la impresión
más repulsiva.
A partir del tocar y del sentir se estructura en
gran modo nuestro ser. Podríamos decir que somos según
lo que hemos sentido.
La profesora Álvarez Reinares muestra aspectos insospechados
de la comunicación a través de la piel, bien sea
en el plano social, cultural o erótico. El tacto aparece
aquí con su fuerza arrolladora en el intercambio de afectos
y deseos."
Un fragmento de "La piel como frontera":
La erótica de la piel:
La piel es la
zona erógena por excelencia. Parece como si el cuerpo
humano estuviese delimitado por un cubrimiento de sensualidad
que se abre al mundo, ofreciendo unas vías de intercambio
entre las posibilidades de dar con las posibilidades de recibir.
Todos los sentidos se asoman a la piel para captar los mensajes
gratificantes que le llegan por vía distal: los olores,
los sonidos, los colores y las formas, o leves contactos, los
dedos amorosos que la repasan, la calidez de otra piel en contacto.
La piel centraliza y vincula pequeños y grandes placeres.
La erótica
del gusto, la de la vista, la del oído, la del olfato,
se funden en una totalidad global en la del tacto. El tacto supone
la máxima proximidad del erotismo. La piel se humedece
de placer, se moviliza con imperceptibles sacudidas, incontrolables,
vibra, se acalora, se ofrece pletórica, lujuriosa en su
tersura o temerosa en su rugosidad, pero se ofrece, y por si
no fuese suficiente con sus propios méritos, se somete
al embellecimiento artificial que le proporcionan las cremas,
las pinturas, los bronceados al sol, los perfumes, los polvos,
los tatuajes, las incrustaciones de piedras preciosas y el tamiz
sinuoso de unas telas transparentes o del vestido como segunda
piel sugerente.
La piel no sólo
se muestra oferente a los demás, sino que acoge su propio
erotismo que nace y termina en la propia piel erotizada. El contacto
del pecho, de los genitales o de la piel toda con las telas livianas,
sedosas o, incluso, en los erotismos masoquistas, con las telas
estameñas, produce una excitación dulce que se
desborda en presentimientos placenteros, etéreos, indefinibles
y que convierten el caminar o el reposar en un estado perpetuamente
lujurioso. Lo mismo sucede cuando nos abandonamos voluptuosos
a la orilla del mar y dejamos que el sol, como amante tierno,
nos acaricie con sus rayos bronceadores y calidos, mientras la
brisa traspasa con dulzura nuestros más recónditos
deseos, conformados en esas ondulaciones corporales contra los
que se estrella estremecida, y las olas se rompen en mil gotas
de placer. Las suaves dunas de la piel se abandonan al placer,
que quisiéramos perpetuar, mientras el rumor incesante
del mar nos hipnotiza con su cadencia. Que nada perturbe este
instante, nos decimos, y por eso cerramos los ojos, para que
el aislamiento sea total, para poder creer que hemos entrado
en el recinto de la felicidad que no indaga, que no interroga,
que no busca ningún sustituto en las palabras. Así
es nuestra piel sensual cuando se abandona, cuando no está
azancanada por algo ajeno al propio sentir.
Alberoni, en
su libro "El erotismo", analiza los diferentes
modos de sentir erótico entre el sexo masculino y el femenino.
Sostiene que las mujeres están dotadas de un extraordinario
erotismo cutáneo y que la utilización de perfumes,
tacones altos, ropa interior delicada y corsés, son en
su totalidad una manifestación de esa carga erótica.
Las mujeres, sigue diciendo Alberoni, son más sensibles
que los hombres al ritmo, a la música, a los sonidos,
o su erotismo más táctil, muscular y ligado a los
olores. Por el contrario, el erotismo masculino es más
visual, más genital. Ortega, con la finura analítica
que le caracteriza, ya observó que los españoles
miran a las mujeres con "mirada táctil", es
decir con una mirada que repasa, siluetea, sopesa, barrunta y,
al final, evalúa.
La prohibición de tocar:
...Es evidente
que las actitudes hacia el tocar o no tocar emergen desde las
profundidades de las creencias, hábitos y costumbres arraigados
en los pueblos. En los últimos años asistimos a
una modificación de las tendencias generales, sobre todo
entre la juventud, mejor dispuesta a restablecer los contactos
táctiles con los amigos, siempre que no conlleven un excesivo
peso de ternura, aunque sí puedan llevarlo de sexo. El
amor y el sexo se deslindan con excesiva frecuencia. "Hacer
el amor" queda reducido, a veces, a una fórmula para
satisfacer una necesidad física. Sin embargo, amor y sexo
son dos formas diferentes de comunicación; cuando se complementan,
cuando confluyen en una misma consumación, dan lugar al
contacto comunicativo más profundo que pueda darse entre
dos seres humanos.
También
es conveniente poner de relieve las constantes contradicciones
que surgen en la vida cotidiana entre la mera prohibición
del tocar y los usos reales que se hace de la prohibición.
Son muy numerosos los actos sociales que tienen como eje el contacto.
En el baile se aspira a dejar sin efecto las censuras morales
vigentes. Los cuerpos se enlazan, estableciéndose entre
ellos la corriente cálida de la permisividad. Los ojos,
tan próximos, hablan su propio lenguaje. Las palabras
fluyen quedas, sinuosas. Dos cuerpos se funden al son de un ritmo
y se comunican en términos táctiles. Cuando la
última nota musical se pierde en el aire, todavía
permanece el eco táctil de los cuerpos que oponen una
sutil resistencia a la separación.
También
nos quitamos los guantes para dar la mano, en un alarde de buenos
modales, pero que no es más que una manifestación
del deseo de entrar en un contacto más cálido y
humano. Igualmente se ha popularizado con facilidad la tendencia
a besar, rompiendo en muchos casos con los moldes de cortesía
hasta ahora vigentes. Besamos con la misma fruición a
los conocidos que a los que nos acaban de presentar, como si,
inconscientemente, estuviésemos predispuestos a romper
las barreras que nos han constreñido.
También
los comerciantes parecen haber comprendido la demanda táctil
en los objetos de consumo. Se cuida la textura de los tejidos
con destino tanto a la vestimenta como a la decoración
del hogar. Se comercializan peor los muebles de metal o de apariencia
fría y, en general, el pequeño menaje de uso cotidiano
se procura diseñarlo con la nota de "cálido"
al contacto, "confortable" por definición. Se
valora lo artesanal. El marchamo de "hecho a mano"
representa un valor añadido. Se cuida al máximo
la ropa interior. Las cosmética ha establecido sus propias
relaciones de necesidad con la inclinación humana a mejorar
su apariencia visual y las condiciones táctiles de un
cutis disponible para los contactos.
¿Estaremos
asistiendo a una creciente valoración de lo táctil?
La respuesta
es obvia. A pesar de ello, el temor al tacto ha sido la premisa
de gran parte de la conducta humana.
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